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Biografía


Nací en Mazatlán, soy “pata salada”. Así se les dice a los que nacimos en el puerto, por eso llevo el mar en mi alma y escamas en mi cuerpo. ¿Cuál fue la primera experiencia con el cine? La bruja del Mago de Oz, volando en su bicicleta que se transformaba en escoba, mi llanto de miedo y mi abuelo consolándome en el lobby de Cinemanía en Puebla de Los Ángeles.

Siempre ángeles en mi vida: recuerdo a mi abuelo confeccionando un proyector con una lupa, una caja de madera y una lámpara proyectando sobre una sábana imágenes recortadas de un cómic, fantasmas que mis hermanos mayores y yo disfrutamos como un acto mágico en una noche hace ya mucho tiempo, cuando yo tenía apenas cinco años.Luego las presencias malignas: la muerte del abuelo, el regreso al mar, a mi hogar, a oler el viento salado, el viaje a lo fantástico, al teatro itinerante de Rosete Aranda y sus títeres mágicos, que yo y mis amigos disfrutábamos en una vieja carpa instalada en el baldío cerca de las arenas, el carnaval y sus personajes cubiertos en máscaras grotescas, y la vecina narrándonos historias de fantasmas de las casonas antiguas. Los paseos tomado de la mano de mamá por la costera y el regalo fantástico cuando cumplí los nueve años, una lupa que me obsequió la abuela materna cuando me vio confeccionar mi proyector construido con una caja de cartón y una vieja lámpara eléctrica, intentando emular a mi abuelo y tratando con ello, quizá, de exorcizar a la muerte.

Luego, mi inicio en el cinematógrafo, realizando películas en tiras de papel, donde yo dibujaba mis historias y que proyectaba en mi cuarto donde improvisaba una sala de cine y cobraba por la entrada a los chicos del barrio.Mis escapadas al cine Ángela Peralta, que estaba a la vuelta de la casa, donde pasaban funciones dobles y triples, y donde vi el cine clásico americano, el cine mexicano en función de viernes, ahí donde se dio mi primer beso y mi gran amor, Jenny, la novia de Tarzán.Los castigos por llegar tarde a casa, por quedarme al final de la última función a mirar la pantalla en blanco e imaginarme mis propias películas que iba dibujando en mi mente aún horas después, en casa, cerrando los ojos antes de dormir.

Ángeles bondadosos… otro gran regalo, la vecina rica del barrio, la señora María Luisa Canobio, que al verme anunciar mis funciones de cine en la ventana con mi caja de cartón, me entregó en un acto de desprendimiento amoroso un proyector de 35 mm. con manivela, que ella y su marido habían comprado en Italia cuando aún él vivía.En los atardeceres púrpuras, como un bandolero de tercera categoría, iba afuera de la distribuidora de Películas Mexicanas y tomaba del bote de basura rollos enteros de película algo maltratada y la proyectaba en una pared blanca y cacariza de la casa del vecino, narrándola al estilo viejo del cine mudo.

Dicen que todos los seres humanos debemos hacer el viaje del héroe. Entonces, a mis 17 años, concluida la prepa, me fui a Guadalajara a estudiar para abogado y 15 días fueron suficientes; otro ángel guía, un maestro que sólo vi esa vez en mi vida fue la clave de mi decisión: fui a visitar a mi amigo Luis Gamboa a la facultad de Administración y el maestro, viéndome en la entrada, me pidió que entrara a su clase. Por cuestiones extrañas e inexplicables del destino su disertación se encaminó hacia la vocación. Esa clase, que no era su clase, ni la clase a la que yo iba, se convirtió en la enseñanza más grande de mi vida. Toda la hora de clase se concretó a hablar de mis dudas respecto a mi carrera profesional. Yo quería hacer cine, eso era mi pasión, mi razón de ser, pero en aquel entonces la gente me decía que eso era una locura.Pero el maestro angelical habló y habló con gran pasión de la vocación y nos dijo que la vida no tenía sentido si uno no hacia lo que le gustaba. Como si fuera un mensaje enviado exclusivamente para mi recibí la luz como un misterio gozoso y, concluida la clase, me fui a la ciudad de México para dedicarme a lo que me gustaba: trabajar en el cine.

La gran ciudad, adonde miles de provincianos llegábamos día a día con nuestras maletas cargadas de ilusiones… la soledad fue mi compañera de viaje por muchos meses y todos los domingos tomaba un camión urbano y paseaba por la ciudad descubriéndola. Si bien me iba y tenía algo de dinero entraba a algún cine: al Teresa, al Insurgentes, al Arcadia, al Alameda. Mi formación cinematográfica siguió creciendo.En mis largos recorridos dominicales por la avenida Insurgentes, un día vi un letrero en una casa, que decía “Centro Universitario de Estudios Cinematográficos”. No sabiendo exactamente de que se trataba, al día siguiente fui, me enteré de que era una escuela de cine, hice mi examen, entré y desde entonces me dedico a lo mío, a realizar mis sueños, a trabajar con pasión en lo que me gusta.

Tengo cinco largometrajes que he producido, escrito y dirigido. También tengo varios cortos, documentales y series de televisión. He sido conductor de un programa de tele, donde entrevisté a las grandes personalidades del cine nacional. Sigo construyendo mi vida, sigo mirando mi pantalla imaginaria y sobre ella construyo mis películas. Muchas personas me han ayudado a crecer, en especial mi hermano Roberto, Sonia Linar y mi amigo Ignacio Lizárraga.Sobreviven a los ciclones, tormentas y marejadas mis ocho hermanos y mi madre Evangelina; soy padre de dos niños cristal, Camila y León y esposo de Claudia Cosío, una mujer maravillosa enviada por los dioses marinos, que es parte esencial de mi constelación y yo parte de su carta astral.

Mi nombre es Oscar, que significa “La espada de los dioses”.

 

Créditos